INSTINTO HOMICIDA (Historias casi, casi reales) IV.-
Hoy fue uno de esos días en los que no debí levantarme.
Amanecí con un humor de perros, sabe Dios porqué, y arranqué la mañana mal predispuesto. Para colmo comenzó el calor y si bien soy un tanto atérmico, los primeros calores joden. Con el agravante que debí ponerme, como de costumbre, medias, zapatos, camisa, corbata, pantalones, etc., etc. Pasado el mediodía la columna mercurial marcaba 33° y me transpiraba hasta la raya del ojete. Pero el INEFABLE DR. NOVILLO SARAVIA siempre debe estar impecable, así que me las aguanté como un lord inglés.
Luego del consabido viaje en colectivo y después en subte, descendí en la Estación Callao y caminé las seis cuadras (casi leguas) existentes hasta los Juzgados Comerciales bajo un sol incandescente, desprovisto seguramente de la imprescindible capa de ozono que por este lugar del mundo ya debe haberse convertido en un gran agujero negro.
Cuando visité el primer Juzgado de mi recorrida diaria, luego de aguardar no menos de diez minutos pacientemente, esperando que atendieran a los que me precedían, el expediente que buscaba "no estaba en letra", esto es, simplemente había desaparecido en la maraña de papeles del bendito Juzgado y nadie sabía decirme el porqué o brindarme un motivo valedero que justificara la imposibilidad de la consulta. Allí comenzó a florecer mi más deplorable instinto asesino. Una ráfaga luminosa atravesó mi mente y pensé: "que pasaría si saco de uno de mis bolsillos una molotov y la arrojo sobre las estanterías repletas de sucios expedientes, eh? Incendio todo en un par de segundos?" Por suerte fue solo una ráfaga, por lo tanto emprendí la retirada luego de dar las gracias y me dirigí a otro Juzgado.
Allí iba a buscar unos edictos que debía publicar en el Boletín Oficial. Estaban firmados -por suerte- y pude retirarlos. Ese pequeño triunfo comenzó a disipar mi malhumor. Con el trofeo en la mano me dirigí hacia las oficinas del Boletín a fín de proceder a la publicación. Diez cuadras a pata hasta Lavalle y Diagonal. Paso a paso me derretía como un helado, sentía la camisa pegada al cuerpo, las pelotas nadando en mis calzoncillos, pero seguí caminando hasta arribar a la repartición oficial.
Detrás de un escritorio me aguardaba una gorda con "síndrome de malco", la que se empeñaría en convertirme en el protagonista de "Un día de furia". Luego de leer los edictos prolijamente, contar las líneas, sacar la cuenta e informarme cuanto costarían, me dijo con una expresión de nada en su cara de nada que no los podrían publicar dado que faltaba firmar un agregado a mano y no estaba salvado. Necesitaba otra firma al pié del puto edicto.
Miré por un instante el edicto, elevé la vista hacia la gorda y la percibí sumergida en una densa niebla, mientras pensaba que era el momento de desenfundar la ametralladora y descargarla sobre ella y todos los culos aplastados que la rodeaban en esa repartición pública. Le haría un gran favor a miles de ciudadanos.
Sin embargo, tomé la hoja de papel, me levanté de la silla tratando de disimular el agobio -NOVILLO SARAVIA siempre debe mostrarse imperturbable- y comencé a desandar las diez cuadras camino nuevamente al Juzgado para ver si me hacían el favor de firmarme el papelucho en el momento.
Llegué al Juzgado, le conté el problema que tenía al empleado de la Mesa de Entradas tratando de quitarle entidad al asunto y le pedí que simple y rápidamente le solicitara a la Secretaria estampara un nuevo garabato con su sello al pié del maldito escrito.
El joven funcionario se dirigió imbuído de mis instrucciones al interior del Juzgado y al regresar, muy suelto de cuerpo, me dijo el hijo de puta:
-"La Secretaria está en una audiencia. Pase a última hora".
-"Este es el momento -me dije-, desenfundo la 9 mm. y le pego un tiro en la frente y a la mierda con todo". Pero privó la cordura y en definitiva me retiré a un bar de la zona a tomar un café y leer el diario para hacer tiempo esperando que llegara la "última hora" sugerida por el empleado judicial.
A las 13:15 ya tenía los edictos con dos firmas en cada hoja, tal como requiriera la gorda del Boletín. Mientras caminaba nuevamente bajo el sol ardiente a su encuentro, me regodeaba pensando que si esta vez no los aceptaba por algún nuevo pseudo-inconveniente, ante la falta de bomba molotov, ametralladora y pistola 9 mm la estrangularía con mis propias manos a la vista de todos, para que sirviera como ejemplo.
No hizo falta. Al ver las firmas, la cara de nada ordenó la publicación. Pagué en la caja y se disipó mi instinto homicida.






salud-y-republica dijo
Se la olió la gorda, se la olió... pero seguro que la próxima vez no se te escapa. No pierdas las esperanzas. El Inefable Dr Novillo seguro que siempre se sale con la suya.
Madame Rosa
23 Diciembre 2007 | 02:55 AM