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Le llegó la pelota envenenada luego del pase de su compañero. A cualquiera se le hubiera ido afuera. Era como si le arrojaran un ladrillazo. Pero él la durmió en el empeine con un simple movimiento del tobillo. La bola se detuvo sobre los cordones del botín, mansa, agradecida por el buen trato recibido luego del patadón que le propinaran. Se deslizó suavemente hasta tocar el césped y quedo casi dormida debajo de la suela. Un adversario, enceguecido, encaró decididamente con los ojos fijos en el balón y la indisimulable intención de atraparlo. Bastó un simple movimiento de esa zurda maravillosa para esconder la pelota y el rival, desairado, siguió de largo. Las largas piernas contrarias derraparon, dejando sus huellas marcadas en el pasto. Levantó la cabeza y miró con el rabillo del ojo al arquero, quién, nervioso, observaba la jugada y se movia inquieto debajo de los tres palos. Encaró hacia la raya de cal que marcaba el límite del área grande. Allí apareció otro rival, plantándose frente a él y la pelota, tratando de impedirles el paso. Hizo una finta hacia la derecha, un leve movimiento de cuerpo, como si su intención fuera encarar por ese lugar. Todo en una fracción de segundo. El rival mordió el anzuelo y trató de acompañarlo, pero no, su verdadera intención era dirigirse por la izquierda y antes que el sorprendido adversario reaccionara y pudiera seguirlo, él y la pelota ya estaban adentro del área, frente al arquero. Podría haber pateado al arco, era un gol casi seguro. Estaba a escasos dos metros y su único escollo lo representaba el portero tratando de tapar el tremendo agujero de más de 7 metros de ancho por 2 y pico de alto. Decidió hacer una más. Si eludía también al custodio de la portería e ingresaba con pelota y todo a ese arco, no iba a ser un gol común, sería un golazo inolvidable. La hinchada rugía detrás de la red, en las graderías del inmenso estadio, eufórica, admirada ante la jugada sensacional que presenciaban. El parecía no oír absolutamente nada. Todos sus sentidos estaban concentrados en el balón que rodaba junto a sus pies y en la maravillosa jugada que venía elaborando. Enfiló decididamente hacia el custodio de manos enguantandas quién amagó con arrojársele a los pies. Pareció que había previsto o adivinado esa acción milésimas de segundos antes. Levantó la pelota con la punta del botín con la intención de elevarla por sobre el cuerpo del arquero. La siguió con la vista. El balón superó al último rival y a las manos que en un esfuerzo sobrehumano se estiraron inútilmente en el afán de atraparlo. Fue en ese preciso momento cuando escuchó aquella voz. En ese instante en el que la pelota iba a ingresar al arco desguarnecido con él acompañándola victorioso. En ese segundo sublime donde la gloria se derramaría sobre su humanidad, mientras la mitad de los asistentes al estadio atronarían el espacio con el grito de goool!!!. Allí, exactamente en ese momento oyó: “Hijo, hijo, despertate, por favor! Te vas a caer de la silla de ruedas si dormís sentado!".