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Ayer me desperté temprano. Eran las cinco de la mañana y pese a mi intención de continuar durmiendo, no podía conciliar el sueño. Me levanté, me enfundé en un jogging y decidí salir a caminar. En la puerta de casa encendí un cigarrillo a modo de desayuno. La mañana estaba fresca, agradable. Una suave brisa despeinaba mis pelos grasientos, faltos de agua. Claro, aún no me había bañado. Ni un alma en la calle. Todos dormían. De pronto, ahí, en la soledad de esas calles vacías la vi y no podía creerlo. “Que hace una gallina caminando displicentemente por la vereda?” me preguntaba fijando mi vista en ese pequeño ser plumoso que picoteaba el piso mientras caminaba.

Hoy comí gallina a la cacerola. Estaba rica. Hacía la digestión sentado en el sillón del living cuando observé algo que brillaba detrás del televisor. Me llamó la atención. Al levantarlo de la alfombra aún estaba caliente. Era un huevo de oro. Instantáneamente se me cortó la digestión